La crianza mediocre

Actualizado: hace 14 horas

Soy madre de tres personas, lo digo así porque quizá ahora que están a punto de cumplir años, 20, 15 y 10 para ser precisa, es cuando soy mucho más consciente de la enormidad que eso comporta, de que soy madre de tres personas.

Es decir tres seres humanos individuales con sus aspiraciones, problemas, sentimientos y necesidades. Son totalmente distintos y por ello recuerdo a menudo a mi madre diciendo: “y aunque tuvieras cien, no serían nunca iguales”.

Anoche, a la hora de mis pensamientos amargos, cepillándome los dientes en la rutina de contabilizar canas, ojeras y arrugas me sentí mediocre pensando en la crianza, la mía, ahora cansada y con cierto egoísmo adolescente por mi parte al querer evadirme y soñarme en otra parte mientras esas tres personas me buscaban para compartir sus angustias y triunfos en medio de una normalidad aparente en un mundo vuelto del revés.


Y pensé que ese sentimiento de mediocridad parental sólo puede darse desde las más grandiosas expectativas al imaginar las infancias que quisiera o he querido darles.


Es decir me viene a la cabeza alguna película de Pasolini o las historías de infancias de postguerra y me pregunto si allí había espacio, tiempo o contexto histórico para soñar crianzas, para leer libros y artículos, para investigar el desarrollo psicológico de tus bebés, practicar el unschooling y sentirse un día, mediocre.

Y sí bien no me excuso ni escudo en semejante pretexto, buscando justificación alguna, me reflexiono en mis privilegios. Hija, nieta y sobrina de quienes fueron exiliados, analfabetos, músicos, ricos venidos a menos, supervivientes, marinos, pescadores, alcurnia y miseria, madres de muertos, huérfanos, etc... y en mi espejo de pandemia sentirme mediocre me avergüenza por otro lado en el que también me miro.

Y en mi reflexión con mis circunstancias recuerdo que nunca he sentido un amor más loco capaz e intenso que este que siento por mis criaturas, con él he querido cambiar el mundo entero, parar el tiempo y hasta ser otra.

Y en ese terrible esfuerzo de la maternidad hiperconsciente de finales del siglo XX de mis ventiséis años y ahora finalmente cerca de los cincuenta en un siglo XXI naciendo a trompicones, y dándome de morros con la vida que siempre tiene otros planes. Siento las expectativas y el alma agujereadas por una pandemia, un trauma, un abuso, una muerte y una mudanza...Y me miro así en el espejo real del cansancio y me siento inevitablemente mediocre. Porque desde la grandiosidad que nunca fue suficiente para parirlos y criarlos, ahora también les pregunto que cómo están con mi cabeza en fuga ante el miedo del futuro que les acecha más a ellos y a ella que a mí.

Ahora la reflexión de esta maternidad no es aquella de mi paraíso simbiótico tras el parto explotando en oxitocina sabiéndome diosa.


Hoy siento que en realidad la maternidad, la mía, es algo así como el amor y la amistad, como las flores y la vida misma.

Es decir intento aprender que se trata de cuidar algo desde la honestidad y el respeto sabiendo que estamos hechos de lo mismo. Y sabiéndose querer, querer a otros y dejarse querer aún siendo falible y sintiéndose mediocre.

Sin tener las respuestas y con el mundo en contra, pero sin dudar ni por un momento que por poco que sea lo que tienes lo ofrecerás con el corazón en la mano y aún con miedo y siendo leona aun cuando creas que ya no lo eres.







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